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miércoles, febrero 01, 2012

EL TRÉBOL




Uno ve el trébol que crece silvestre en una maceta del patio. Las lluvias recientes lo han ayudado a crecer. El trébol no pide nada, no está allí para nada, sólo temblequea cuando sopla el viento. Uno ve el trébol y se asombra por esa vida verde, por esa minúscula existencia inconsciente. Entonces pasa un pájaro, se posa en el borde de barro de la maceta y se come el trébol. Luego vuela, sale de mi patio y cruza el cielo gris. Estoy seguro que esto significa algo.


































viernes, octubre 28, 2011

Trabajos que me ofrecen

A veces me pasa que me ofrecen empleos de oficina remunerados (y no remunerados). Cosas como para no verme borracho por ahí, contando cuentos hasta ahora sólo para mí. Yo los rechazo constantemente. ¿Ganar dinero antes de saber de dónde viene el dinero? ¿Ser un gerente antes de saber quién soy y qué hago aquí? Yo suelo negarme a eso, aunque me deje en medio de la nada y endeudado hasta los huesos.
Yo no puedo creer en la oficina cuando sé que al final me espera la muerte y que nadie se ha llevado ningún lujo al otro lado (excepto el consabido puño de tierra) desde hace tres millones de años.

sábado, diciembre 18, 2010

Estar vivo me escuece

Estar vivo me escuece. Es una comezón por dentro de las venas que las uñas de mi sangre efervescente rascan y acrecientan.
   En la noche jamás encuentro reposo. No me seduce el cansancio, la cercanía del sueño o la suave invitación a rendir los párpados en la cama. Me siento vivo y se me erizan los vellos como estremecidas olas cerca de una tormenta eléctrica. En la noche comienza a vibrar mi piel como ante la inminencia de un terremoto o del sexo: o de nada.
   Me está esperando la calle, el asfalto, los locos. Las luciérnagas, los grillos lascivos, los pasos siempre furtivos de todos los pasos que transitan la noche.
   ¿Cómo evadirme del hechizo de la luna, si allá afuera exige mi presencia?
   El cielo barre todas las nubes con la escoba de los vientos.
   –Descorre la cortina –escucho–. Déjame entrar.
   Y lo que escucho podría ser un sueño o una ronda.
   Siento en la oreja el grito mudo de una luna que me llama por mi nombre.
   Si yo despertara, caminaría al patio y abriría mis manos y recibiría cada rayo como el agua de un chaparrón.
   Pero no despierto porque estoy despierto: esta es la realidad con todos sus pelos. Esta es su desesperación.
   La luna me llama.
   –¿Qué haces metido en tu casa, acostado, soñando esto, mientras yo me desgañito en el cielo?
   El timbre de voz de la luna es imperioso.
   Me llama.
   Y en mí bulle a cien grados un otro que me ha descobijado de la piel y se ha apoderado de mis ojos: me obliga a trepar a la noche como a un caballo ciego, me invita a hincarle las espuelas en las costillas: la noche es una cabalgata desbocada que termina siempre en barranca.
   De este paseo conozco las cicatrices, los rasguños, la sangre.
   Salgo para no faltar a la cita y la noche me ha reservado un cielo límpido al que la mera palabra límpido no alcanza a describir: barrido por la escoba de los vientos, el cielo se sacude las nubes y la luz naranja y queda como arena de un mar donde fosforean estrellas.
   Si yo fuera un niño cósmico, recogería todas como quien recoge conchas y haría un collar. ¡Quizá soy un niño cósmico y estoy huérfano en esta calle sublunar!
   Pero me ocurren cosas de un adulto borracho cualquiera: me detiene una patrulla; me pregunta el conductor que hago. Yo he estado contemplando la luna a través de las ramas de una jacaranda moradísima.
   –Estoy viendo la luna.
   Simple, sencillamente he obedecido la orden de salir y me he asomado a la rendija mortecina de la luna como a la ventana del ojo inquieto de una japonesa. Todo para tratar de averiguar qué pasa, de qué se trata la noche.
   El policía me mira con sorna y se va.
   Soy la epidemia de las calles oscurecidas. La infección de mi cuerpo enciende otro cigarrillo, otro clavo encendido para el ataúd de mi cuerpo: cargo mi pulmón izquierdo muerto.
   A las cinco de la mañana escribo una nota en mi teléfono celular: “vivir me escuece”. Después busco a quién mandarle ese mensaje: rastreo tu nombre entre la lista de contactos.
   El mensaje aletea hasta los satélites y yo ya no sé si arriba al teléfono que deseo. Pasan minutos infames en los que pienso que no encontraré respuesta. No encuentro respuesta. Todo duerme en estas calles.
   Y aunque sé que no es prudente, que mis acciones podrían parecer las de cualquier acosador trasnochado, marco.
   Suenan los repiques de llamada uno tras otro.
   Yo estoy en la confluencia de dos calles angustiosas. Aguardo. Y cuando al fin se levanta el auricular y una voz de mujer amodorrada inunda la línea, me presento: es inútil negar que se trata de mí porque en estos tiempos de identificador de números, las llamadas anónimas no tienen mucho sentido. Comienzo apurado una justificación amorosa: sólo el amor, o cualquiera de sus sucedáneos, puede explicar una llamada tan intempestiva. Pero apenas en las primeras líneas de una verborrea pretendidamente seductora, me detiene su voz.
   –¿Sabes qué? –me dice, en medio de mi trastabilleo verbal–. Estoy cansada.
   –Sí, sí, perdón –me apresuro a disculparme antes de colgar.
   Y me quedo con restos de oraciones ensayadas que, para exorcizar, arrojo a los árboles escuálidos que decoran, alejados de cualquier bosque, la ciudad.
   –Árbol –le digo–. En otra vida hubiéramos sido felices. Árbol, tendríamos que habernos conocido antes.
   Me alejo del árbol como uno se aleja de una amante que nunca volvió el rostro: con cierta sensación de haber hecho el ridículo y sólo esperando con esperanza idiota que venga la fría y dulce cobija de la muerte y el olvido.
   De eso se trata la noche. De eso y de buscar a veces bajo las piedras una respuesta.
   Y luego amanece, hace frío, el hombre de los tamales comienza a montar su negocio en una esquina…






sábado, diciembre 04, 2010

Hoja suelta

Siempre me dio la impresión de que las personas que me rodeaban sabían mucho más que yo de algún misterio. En sus ojos brillaban todos los arcanos y yo no podía acceder a ellos. Me he pasado todo el tiempo metido en lo que otros antes de mí y de ti dijeron para revelar esa duda. Libros, citas, sexo, el día y la noche, la prueba. Ahora me doy cuenta que ese misterio que habitaba aquellos ojos era el mismo misterio que el mío. El sencillo, doméstico, inviolable secreto de ser solamente un humano.
   Un humano caminando: hoja suelta al viento.





























domingo, julio 25, 2010

Paseos nocturnos

En esta ciudad es la noche, pero a mí me han exiliado de la noche y su sonrisa. Busco un lugar prototípico donde descansar y beber una cerveza y no lo encuentro. Mi ropa, esta chamarra de mezclilla de Luz y Fuerza que me regaló un mi tío, no le parece adecuada a los cancerberos de las entradas. Vestido así, me ponen muchas trabas: que ya van a cerrar, que el lugar está lleno y no pueden violar los estatutos del aforo, que ya para qué entro si todos se están yendo (aunque nadie salga).
   Yo me voy por las calles de la ciudad mirándole su lluvia, el reflejo de los semáforos en sus calles húmedas, el rostro de sus muertos: camino junto a la llorona, junto a sus fantasmas prehispánicos, sobre los huesos de los ancestros. Yo, como ellos, también tengo sed.
   Voy gritando: ¡Amamántame, Ciudad de México, dame de beber!
   Pero a la ciudad, a estas horas, se le olvida que fue laguna.









jueves, julio 15, 2010

Estas hojas

No sé de qué versarán estas hojas. Yo apunto mis opiniones lo más sosegado y reflexivo que puedo, pero estoy en el remolino y el remolino termina por arrebatarme toda prudencia. ¿De qué tratarán mis hojas? Pues no sé. Tengo ganas de decirle unas frescas a quienes se lo merecen, de comentar ciertos libros, de clavarme en la textura, de sosegar a veces mi neurosis, de glosar ciertos despertares. ¿De qué versarán mis hojas? Con que versen.

domingo, junio 06, 2010

Adrenalina mística

Uno va caminando. Encuentra algo que llama la atención. Una luz de atardecer amarillo entre edificios rosas, un pájaro muerto al borde de la banqueta, un viento oblicuo y suave que entreabre las ventanas de cortinas largas. Uno se detiene a ver esa belleza o atrocidad: se maravilla de la falta de significado de algunos sucesos y su inusitada intensidad. Como soy de carne, un tejido lleno de emociones, esas cosas pueden llegar a tener, mal puestas, hasta la capacidad de suscitar transformaciones espirituales.
   Yo ya paso de esas ondas, pero la descarga de... ¿qué?, ¿adrenalina mística?, me cae bien.








sábado, abril 24, 2010

Balcan

Me gusta la música balcánica, el ritmo desenfrenado de los posesos instrumentos de viento. Una orquesta balcan siempre me prende, y yo cuando me prendo quiero incendiar a otros, hacerlos partícipes de esa danza. Cómo disfruto bailar. De la música balcánica lo que me gusta es su ritmo, lo que su ritmo hace conmigo: soy todas las partes de mi cuerpo: su ritmo me libera.

PD. Y además qué muchachas tan guapas.

miércoles, diciembre 16, 2009

Ansiedad

Yo padecí esos episodios durante casi un año. Fue atroz. Escribí mi testamento, me volví más alcohólico, siempre estaba nervioso. Escribí en todos los apuntes a medias sin ton ni son pretendiendo no dejar nada inconcluso. Mi casa se volvió un infierno del descontrol. Y en las noches me iba a morir. Y mi hijo se iba a quedar solo. Y mi madre iba a sufrir. 
   Todos los días de ese año, en algún momento, sentía que venía el final. Se cernía sobre mí la oscuridad y el infinito. 
   (Mis amigos, si estaban, me decían que me tranquilizara, que respirara hondo, que todo estaba fluyendo, ten, tómate esto. ¡Pero ellos no eran los que iban a morir!)
   Me metí a revisar mis síntomas en internet. Quesque lo más probable era que fuera ansiedad. ¿Te imaginas, internet recetándome?
   Fui a ver un médico. Ya sabes, me palpó, escuchó mi corazón, me dijo que no tenía nada. Que hasta era sano. No, no puede ser, reviré, he fumado desde los quince años. Algo ya no está bien en mí, eso es seguro. Pero el doctor sólo me sonrió. 
   Me saqué una radiografía del pecho y, fantasmal, la enfermedad que me atormentaba no mostraba el menor vestigio. 
   Tenía una lesión de fumador. Aún no sé que es eso pero hasta dejé tres años de fumar. Pero eso todavía no me mataría. 
   Un día decidí reconciliarme con la muerte. Me leí entero el Tao Te King una y otra vez y supe que nada sabemos, que nada somos, que es más feliz el hombre que sigue el camino que el que no, y que el camino se hace al andar (eso es de Machado, otra buena filosofía que sigo). Y que estoy en el camino y que no puedo eludirlo. Y que yo ahora soy sólo una de las diez mil cosas, como mi hijo, como mi madre, como el hombre más feliz de la tierra y el más triste, que antes estuvieron las diez mil cosas reunidas y que lo seguirán estando a pesar de que me vaya.
   Que el fin ocurre y quizá uno sea el menos enterado de que ya ocurrió. 
   Me comencé a sentir bien. Dios no existe, pero todo está bien. Está cool. Bailemos.
   Y la gente de mi ciudad comenzó a verme feo, no te lo voy a negar. Sobre todo porque, anduviera donde anduviera, yo soltaba largas parrafadas sobre "las diez mil cosas", "el camino", "la ansiedad", "¿cómo es posible que ninguno de esos pinches políticos se de cuenta del camino?" y así. Todavía me apodan "extraño", lo cual satisface mi ego. 
   Como sea, a veces, a pesar de todos los problemas, ciertas discusiones con mi mujer, el escaso empleo para un escritor medianamente bueno, la falta de claridad sobre mis deseos en esta vida, a veces, repito, siento que sé algo importante. Que vencer la ansiedad, como vencer la gripa, me dejó algo importante: no sé definir bien qué. Quizá calma. Quizá bienestar con uno mismo. En una de esas, hasta seguridad. ¿Aplomo? Quién sabe. Lo de menos es ser el loco del barrio.