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sábado, enero 07, 2012

LA APUESTA DEL VOTO EN BLANCO

Estos son algunos bocetos de lo que pienso sobre lo que podría ser una buena reforma electoral (ojo: no crea que nuestro sistema sea el peor, pero sí que aún le faltan algunos logros). A los que les interese, pueden encontrar mi opinión aquí:

"La apuesta del voto en blanco"

Esto de opinar de política mexicana será por un rato. Prometo volver a la literatura en menos de dos meses. (Iba prometer menos tiempo, pero luego me pasa que no alcanzo a cumplir mis promesas a tiempo. Por eso no soy político en campaña.)

jueves, diciembre 15, 2011

REDES SOCIALES Y CAMBIO DEMÓCRATICO

¿Pueden influir las redes sociales en la historia de México? En algunas naciones árabes ya lo ha hecho. En este país la moneda está en el aire. 

Los invito a leer mi más reciente colaboración con el sitio electrónico "Soy citadino". 


Redes sociales y cambio democrático













jueves, diciembre 08, 2011

SOBRE PEÑA NIETO



Peña Nieto, el candidato priísta que pretende gobernar México, y su dislate sobre autores también tocaron mis fibras más sensibles. Lean mi colaboración en el medio electrónico "Soy citadino", apretando justo aquí. Gracias.



viernes, octubre 21, 2011

MAL SISTÉMICO



Ciudad de México, 19 de octubre de 2011

La primavera árabe trajo al siglo una forma inédita de organización: difundir y solidarizar el descontento mediante las redes sociales virtuales. El descontento de este movimiento ha conseguido resultados impensables hace apenas diez años. En Túnez, tras más de dos décadas en el poder, cayó el gobierno de Ben Alí, se han legalizado todos los partidos y se han previsto para octubre una elección para una Asamblea Constituyente. En Egipto, el régimen de Hosni Mubarak también colapsó y, bajo la dirección de los militares, se ha convocado a nuevas elecciones en noviembre. En Jordania, el rey Abdalá II ha destituido a uno y otro peón del Ministerio del Interior con tal de que el conflicto no aumente y pretenda revertir el sistema en el que tan a gusto se vive cuando se es rey. En Libia, luego de cuarenta y un años de coronel Gadafi, se desató una feroz guerra civil de la que aún no se observa solución. (Actualización antes de postear: Gadafi está muerto).
    Países dominados por gobiernos de líderes y sistemas longevos han encontrado en las redes sociales su mejor forma de organizarse. Y una vez organizados, ni siquiera los apagones digitales han podido detener su marcha. ¿Qué denunciaban? Lo usual desde hace cuatro o cinco décadas en la mayoría de los países denominados tercermundistas: desempleo, falta de vivienda, inflación en el precio de los alimentos, corrupción, falta de libertad de expresión, pobres condiciones de vida, necesidad de democracia. 
    Una vez conseguido estos cambios de regímenes (además logrados casi al mismo tiempo, lo que puede desembocar en gobiernos africanos afines en ideas), ¿qué pretende la Primavera Árabe? ¿Occidentalizarse en su trato con la autoridad? ¿Combatir la desigualdad? ¿Desterrar la corrupción? ¿Comenzar la necesaria separación entre los gobiernos civiles y eclesiásticos? ¿Establecer el sistema democrático?
    El panorama luce nebuloso para un mexicano que trata de entender un fenómeno social que ocurre a lo lejos y del que él no es parte.
    Sin embargo, la ola del descontento ha subido de África a Europa, y en España un grupo de inconformes, también llamados Indignados, se pusieron de acuerdo mediante el Facebook y el Twitter y el Tuenti y se asentaron en diversas plazas de españolas y, de la forma en que Gandhi nos ha enseñado, protestaron pacíficamente y de manera no violenta contra esa economía que los tiene muy metidos en la crisis. (En sentido estricto, ¿es culpa de los que detentan el gobierno de ese país? Todos sabemos que los gobernantes, como en cualquier forma de gobierno, reaccionan a poderes fácticos, a los intereses creados, al cuestionable cuando excesivo pero legítimo ánimo de lucro personal...) (En un sentido aún más estricto, ¿no podría tratarse de una cuestión sistémica?)
    En España, el movimiento de los indignados no pretendía derrocar al rey Juan Carlos y su prole. Tampoco obtener la renuncia de Zapatero. Supongo que no buscaban la revolución sino la concientización de su clase política acerca de su existencia y su desesperación ante lo que como ciudadanos, observan que es un camino sin retorno. Pedían que se hiciera algo.
    En esta fecha, el movimiento de indignados ha levantado los campamentos de la Plaza del Sol, y continúa pidiendo que se haga algo y da sus propios puntos de vista sobre el asunto. Se ha organizado de diferentes maneras, sobre todo por las redes sociales, y se sigue reuniendo. Quizá busca que España despierte a una nueva forma de comprenderse a sí misma. (Hasta se les tomó por televisión y animaron el corazón de los españoles un rato; por ejemplo, el de aquellos que hubieran deseado estar en los campamentos y no pudieron estar presentes porque al día siguiente tenían que trabajar para medio alimentar a la familia, pero que si hubieran tenido tiempo, o las cosas se hubieran puesto más difíciles, estarían allí hombro con hombro...)
    Y después de que el movimiento español se diluyera en propuestas de los más activos participantes a los mítines, todas ellas justas, he aquí que nos topamos con la noticia de que un grupo de ciudadanos estadounidenses, diez años después del atentado más atroz de la historia de guerras de nuestros vecinos del norte, se va, lleno de ideas revolucionarias, y se planta a las puertas de "su corazón financiero (según palabras dichas por películas y ciudadanos estadounidenses)": Wall Street.
    También están indignados. El movimiento de descontentos es una gran ola que ha saltado el charco. 

Los han arrestado ya por caminar por el puente de Brooklyn. Se les ha suspendido la limpieza del parque (privado) en el que acampan. Para este momento, estoy seguro, las autoridades siguen pensando qué harán con ellos.
    En más de 80 países se han propuesto salir a marchar a la misma hora para demandar mejoras en sus sociedades.
    Todos estos indignados desde la primavera árabe hasta el otoño occidental, desde Túnez hasta Estados Unidos de América, todos ellos están preguntando lo mismo: ¿dónde están los empleos?, ¿qué onda con las casas?, ¿qué pasa con la corrupción?,...
    Llegados al punto actual, en el que se ha afinado la percepción del mundo y sus habitantes de maneras antes inconcebibles (tan inconcebibles, que en casi ningún libro o película de ciencia ficción se previeron las redes sociales como formas de comunicarse en el futuro ni como posibilidad para armar revoluciones), lo que todo el borlote trae a colación es que ha llegado la hora de un cambio pacífico del modelo económico. 

¿Pero de qué se podrá tratar esa nueva vía, habida cuenta de que el socialismo se derrumbó hace veinte años? ¿Qué sistema podría terminar con el gran juego?
¿Con qué propuesta revertir el verdadero error sistémico? 











miércoles, julio 27, 2011

UN BUEN SOFTWARE



A estas alturas del mundo, la sociedad no necesita un gobierno.
Lo que hace falta son planes con sentido humano y un buen software...









miércoles, diciembre 01, 2010

Breve defensa de la filosofía

Hay una tendencia de pensamiento que se inclina a creer que la filosofía es inútil. Por ejemplo, en 1959 C.P. Snow, científico y escritor él mismo, comenzó una discusión acerca de lo que denominó las dos culturas: por un lado la cultura científica (donde quedaban incluidas las matemáticas, la física, la química) y por el otro la cultura humanista (adonde se remitían las artes y la filosofía y un poco las conocidas como ciencias sociales). En aquel momento, Snow reclamaba que la ciencia en la educación escolar estuviera tan relegada mientras la educación en artes era sobrevalorada, a pesar de que los avances tecnológicos habían sido decisivos para ganar la Segunda Guerra Mundial. El mismo Snow, en obras posteriores, limaría la aspereza con que se quejaba contra las humanidades, pero esa mecha de la dicotomía ciencia-humanidades ha continuado parpadeante y, de cuando en cuando, vuelve a encenderse para establecer diferencias. 
   En la actualidad, desde diversos ángulos, no faltan los eternos embates contra la filosofía y el más reciente viene de la mano de un científico británico de buenas referencias, el maestro Stephen Hawking, quien ha profundizado en el desentreñamiento teórico de los agujeros negros y del origen del universo. Según una nota periodística, en su reciente libro, El gran diseño, afirma que la filosofía ha muerto «porque no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física». Y que los científicos se han convertido en la vanguardia de la cruzada por la verdad. O algo así. 
   Yo estoy seguro de creer en las teorías del doctor Stephen Hawking. Él las ha de haber enunciado ya, antes de buscar vulgarizarlas en un libro, con un denso aparato matemático y seguramente una gran cantidad de científicos en diversas universidades importantes las ha comprobado con todo el rigor del método. En lo personal, lo del multiverso me parece una solución probable (aunque en matemáticas yo entendí hasta las derivadas y las integrales). Sin embargo, no deja de ser una sólida elucubración teórica de algo que, en este preciso momento histórico, ya no podemos atestiguar: el Big Bang. Explicación que, con cierta claridad, nos relata cómo es que estamos aquí, cómo está funcionando el espacio-tiempo, la diversidad de universos que ocurren simultáneamente, cómo se colapsará todo y de vuelta, al estilo de un eterno retorno. Pero no el porqué teleológico. (Quizá no lo tiene). 
   En este punto entran las potestades de la filosofía. Recordemos que la filosofía es una herramienta intelectual que, entre otras cosas, busca desentrañar la función del género humano en este mundo. Plantea las preguntas que el hombre se ha hecho desde el fondo del tiempo: ¿Para qué estoy aquí? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué soy? ¿Qué me rodea? Desde los albores de nuestra consciencia como civilización, las grandes cuestiones han asomado al íntimo fuero de cualquier ser pensante. Nuestra especie, la más salvajemente inteligente de todas las criaturas que han poblado hasta ahora este mundo, le ha dado respuesta a esas interrogantes de diversas maneras: ha habido toda clase religiones y toda clase de escisiones religiosas y derivaciones sectarias. Infinidad. Amén del conjunto de dioses con los que cada civilización denominó cada uno de los fenómenos celestes, de los animales, de las hojas de los árboles. 
   Sin embargo, también ha habido personas que no se creyeron ese cuento y dijeron: «aquí hay gato encerrado» y se negaron a ciertos dogmas, e incluso los rebatieron con relativo éxito. La filosofía, como el fuego mismo, apareció en todas las culturas —tanto en China, como en Arabia, como en el reino maya— pero en un momento determinado de la historia convencional de la cultura occidental se sitúa el origen más lúcido de esta herramienta, definida ya como tal, en la antigua Grecia. A partir de entonces se comienza a hacer la pregunta sistemáticamente. Y en esa pregunta se quiso responder al porqué y al origen de las cosas no sólo por la hermosa narración mitológica de ellas, sino también por la reflexión. A veces, esa reflexión condujo desde temprano a la duda sobre los dioses y al agnosticismo, como en el caso de Protágoras (485-411 a.C.), quien hacia el final de su vida incluso tuvo que huir de su lugar de origen debido a lo incendiario de sus recelosas proposiciones respecto a los dioses. (De ahí que me refiera al éxito de la filosofía como relativo: aunque ha marcado grandes hitos en el conocimiento del mundo, tiende a chocar una y otra vez contra la misma piedra: la masa alienada). 
   En la búsqueda de la solución se dieron respuestas tanto sensatas como descabelladas, pero ambas fueron insuficientes. No obstante, la pregunta humana ya estaba haciéndose y su ávida búsqueda de solución, cada vez más afilada, se ha extendido por todos lados y en todas direcciones. La cuestión se enfocó hacia el interior de la mente, y la filosofía se volvió psicología; hacia la carne que lo hacía un ente vivo, y se volvió medicina; hacia las estrellas, y se volvió astrofísica; hacia la inmaterialidad de los números y se volvió matemática; hacia el fenómeno de los conjuntos de civilizaciones, y se hizo sociología; se hizo historia, antropología, lingüística, química... 
   Si hoy el doctor Hawking nos puede explicar (quizá sólo aproximadamente, para nosotros los legos) que el universo es en realidad multiverso, es debido a una larga serie de acontecimientos históricos regidos por la lucha de las ideas que han permitido, más mal que bien, más difícil que fácil, que la ciencia haya podido llegar a sus conclusiones teóricas. Pero es, hasta ahora, sólo la última de las respuestas dentro de su ámbito. 
   (Claro que si el doctor Hawking dice que Dios no sería necesario en un universo como éste, regido por fuerzas gravitacionales y excepciones, bueno, esa explicación ya dejó de ser física y se convierte en argumentación con tufos filosóficos. Un tema vigente y viejo en la humanidad: esa ausencia divina que se sospechaba desde las épocas agnósticas condujo a que algunos filósofos como Nietzsche de plano anunciaran su muerte. O sea que la filosofía especulativa, si queremos ver los avances humanos como una competencia, hizo su tarea primero para descifrar y aproximarse a la realidad y a su verdad aparente y profunda). 
   Por tanto, este último punto alcanzado de la ciencia física es también, y en todo su derecho, un patrimonio de la filosofía. Más que la puñalada artera, este el último dato suministrado por el doctor Hawking comprobará, aunque parezca difícil de creer, la buena salud de esta herramienta. El conocimiento de estos descubrimientos y teorías sobre la galaxia, su mera referencia o sesuda adquisición por parte de diversos sujetos humanos para completar el mapa de la realidad, serán aprehendidos mediante la reflexión personal de cada individuo. La filosofía será entonces la que pondere la importancia de este descubrimiento acerca de nuestra realidad (que no es poca) y, a partir de allí, busque desentrañar los nuevos paradigmas hacia el hombre mismo. Es decir, ya sabemos esto del multiverso, pero ¿cómo funciona eso dentro de nuestro mundo personal? ¿Cuál puede ser su función ética? ¿Cómo influirá esto en nuestro devenir social? Las respuestas vendrán de la síntesis de los conocimientos derivados de los otros múltiples brazos de la filosofía, que, contrario de lo afirmado por Hawking, y (¿por qué no decirlo?) a pesar de lucir aletargada, vive y se nutre, hoy como siempre, de la constante curiosidad humana.



















domingo, julio 25, 2010

Otra hoja en blanco

Me despierto y me pongo a revisar las noticias y de pronto, en el suplemento cultural del periódico La Jornada encuentro mi nombre. ¡Que me han publicado y yo ni enterado!
   Así que les copio el enlace 


   PD. Ya que andan por ahí, pues lean de una vez las otras noticias y artículos que les parezcan de interés.
   PD2. La escribí con seudónimo.





domingo, junio 06, 2010

Adrenalina mística

Uno va caminando. Encuentra algo que llama la atención. Una luz de atardecer amarillo entre edificios rosas, un pájaro muerto al borde de la banqueta, un viento oblicuo y suave que entreabre las ventanas de cortinas largas. Uno se detiene a ver esa belleza o atrocidad: se maravilla de la falta de significado de algunos sucesos y su inusitada intensidad. Como soy de carne, un tejido lleno de emociones, esas cosas pueden llegar a tener, mal puestas, hasta la capacidad de suscitar transformaciones espirituales.
   Yo ya paso de esas ondas, pero la descarga de... ¿qué?, ¿adrenalina mística?, me cae bien.








martes, abril 20, 2010

El "gusto especial" de Calderón

Joaquín Sabina llega a México y en rueda de prensa, sintiéndose campechanamente nacional, suelta una serie de afirmaciones sobre la ingenuidad del que ocupa la silla presidencial que calan hondo en los tímpanos de los más encendidos chauvinistas. “¿Pero cómo se atreve a opinar ese español de lo que se debe hacer en México?” u “otra vez creen que nos van a conquistar con espejitos” son parte de las afirmaciones con que algunas personas en la calle y en el ciberespacio se rasgan las vestiduras del orgullo patrio. Y es que, según este razonamiento furibundo, el Estado mexicano es soberano y nadie va a venir a decirnos cómo hacer las cosas. Supongo que bastaría con recordarles a esos compatriotas quiénes son los dueños de la mayoría de los bancos, las fábricas, las tiendas de autoservicio, los programas televisivos; quiénes los fabricantes de armas, automóviles, aviones, tecnología; quiénes los autores más vendidos, los discos más escuchados, las obras de teatro más montadas, para que se diluya su preocupación por las ideas vertidas por Sabina (que además no son nada novedosas y que han tenido sus expositores nacionales, a los que nadie pela porque no son extranjeros: el ir y venir del malinchismo-chauvinismo hecho en México).
   Pero como esa nueva exhibición de la ingenuidad de Calderón no se puede quedar sin respuesta, porque aquello de la libertad de expresión siempre tiene que ser matizado por la autoridad, de inmediato salió a la palestra el secretario de Gobernación a aplacar con elegancia y seriedad, al menos en la actuación, a los que pedían la aplicación defenestradora del artículo 33 constitucional. Gómez Mont afirma que “no se espere de mí una actitud revanchista o acomplejada frente a los dichos del señor Sabina”. Y añade que, por otra parte, o quizá el motivo fundamental de este gracioso perdón, el ciudadano Calderón “tiene especial gusto por la música de don Joaquín Sabina”.
   (Y aquí apunto una charla imaginaria. –¿Corremos a ese izquierdoso drogo borracho, señor? –No, cómo crees. Si yo tengo un especial gusto por su música.)
   Ante la situación, uno no deja de preguntarse, bastante intrigado y medio sacado de onda, qué será lo que en don Felipe Calderón despiertan las canciones de Sabina. Basta examinar un poco las canciones del español para que el misterio se vuelva insondable. ¿Cuál será la canción favorita del señor Calderón? ¿“Y nos dieron las diez”, por aquello de que quizá transcurre, por la similitud con ciertas canciones rancheras de los acordes de su música, en algún lugar de este lado del charco? Habría que considerar, sin embargo, que el sujeto poético de la canción termina, en su desesperación por no encontrar al antiguo amor de ocasión, apedreando los cristales de un “banco hispanoamericano”. Digamos, por tanto, que el amoroso tiene algo de vándalo. Así que, ponderadas las “cualidades anticriminales” del ocupante de Los Pinos, esa canción queda descartada.
   ¿Será entonces la que dice: “yo quiero ser una chica Almodóvar, como la Maura, como Victoria Abril, un poco lista, un poquitín boba…”? A pesar de que la bobaliconería pueda aplicarse sin miramientos a Calderón (y a todos los que se creen más listos de lo que son, incluido el que arriba firmante) y embonarle como anillo al dedo, la rola alude a ciertas honduras homosexuales que el panismo quisiera ver anuladas. Ergo, esa tampoco parecería ser de las que le produzcan “un gusto especial”.
  Quizá la que le pone los vellitos de punta sea aquella que comienza: “sentados en corro, merendábamos besos y porros. Y las horas pasaban deprisa entre el humo y la risa”. Su ritmo bandolonero y la saudade de la voz que afirma que “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió” pueden enganchar a cualquiera que tenga una ligera brizna de sensibilidad. Pero la palabra “porro” viene a trastornar esa posibilidad. ¿No acaso los porros son esos cigarrillos hechos de la vilipendiada ma-ri-gua-na? ¿Cómo entonces? ¿Acaso es probable que la ma-ri-gua-na sea compatible con la risa, con la nostalgia? No, imposible, aquí lo único que se admite es el sacrosanto alcohol, que es tan bueno que hasta Cristo lo bebió. O a ver, ¿cuándo se vio que el mesías se diera un toque? Y no es excusa decir que en la Jerusalén de entonces no existía esa planta, porque Dios es Dios y, si hubiera querido, hacía una plantación y de un porro armaba quinientos y, órale, todos a ver a Dios en el desierto.
   ¿Cuáles serán las canciones por las que siente ese “gusto especial” Calderón? ¿Todas las que no hablen de drogas, maleantes, homosexuales, adúlteros, piratas cojos, prostíbulos? Es decir, todas las de amor, notoriamente emotivas (que por otra parte nacieron de una intuición que incluía a las drogas, los maleantes, los homosexuales, los adúlteros, los piratas cojos y los prostíbulos).
   Vano continuar con la ociosidad de buscarle explicaciones al “gusto especial” de Calderón. Pero no dejan de intrigar los vericuetos mentales que llevan a disfrutar a un sólido panista de ese tipo de canciones. Por ningún lado se ve la coincidencia entre el panismo y la poética sabinista. Básicamente son tan antagónicos que el profundo humanismo con que Sabina retrata en todas sus canciones a sus personajes y sentimientos, sin importar que su personaje sea un ladrón de bancos, un robacoches o un ciudadano cero, es incompatible con la ideología de un solo pensamiento, una sola estrategia, que domina este país. Esa estrategia que ya ha acabado violentamente con la vida (¡la vida!) de veintidós mil personas que tenían hijos, padres, novias, hermanos, amigos, palabras. Se puede nombrar diez, veinte, cincuenta pueblos enteros en este país que no alcanzan esa cantidad de gente. ¡Pueblos enteros! Una estrategia que en tres años, para ponerla en perspectiva, representa en muertos el número de individuos que caben el estadio del Atlante. Y la imagen mental derivada de ese símil es aterradora: un estadio donde sus tribunas abundan en asfixiados, descabezados, ahogados, metidos en tambos, acribillados, con tiros de gracia, niños atrapados en fuego cruzado, mujeres violadas, torturados…
   Cada quien tiene el derecho de ponderar lo que anima su sensibilidad. Pero algunas personas, sobre todo a los que creen que la mejor manera de resolver los problemas es llevar un ejército a respaldar sus visiones, deberían restringir por pura coherencia la emisión por interpósita persona de sus gustos. Sólo contribuyen al desconcierto y la extrañeza que abundan en este país y enlodan la obra de un artista verdadero.

lunes, enero 04, 2010

El mensaje de año nuevo

Al escuchar el mensaje de año nuevo de quien es presidente de este país, no puedo dejar de pensar que este 2010 puede convertirse en un otro año perdido. Desde los primeros días de enero, el que dirige (¿dirige?) los rumbos del país renueva su compromiso de atacar con todas las atribuciones a su alcance a la delincuencia organizada. Y en mí rebulle la sensación de que tengo que hacer algo, lo que esté a mi pobre alcance meramente personal, meramente ciudadano, para tratar de responder a lo que me parece que es un camino equivocado.
El presidente, y junto con él los empresarios, los panistas, miles de ciudadanos, decidió, al inicio de su sexenio, que ya no se podía tolerar tanta violencia en México y emprendió lo que ahora se conoce como “guerra contra el narcotráfico”. Esta guerra necesitaba de los elementos más capacitados, menos corrompidos, para llevar a cabo dicha actividad y por ello recurrió al Ejército. Los sacó de sus cuarteles y los puso a vigilar las calles: han hecho retenes, han perseguido a los delincuentes y han aplicado con ellos tácticas que son características de cualquier tipo de guerra (por ejemplo, repeler agresiones con fuego mortal, después de todo, un ejército no libra batallas a medias). En ese camino han cometido, según reportes de la prensa, más de una equivocación y el resultado ha sido terrible, aunque la apatía del resto de nosotros ha permitido que sus vidas, como si no importaran, como si no tuvieran su derecho a atardeceres, tranquilidad, amor, respeto, se pierdan en una nube de indiferencia. Ha muerto una familia que no se detuvo en un retén, una niña que viajaba en un microbús con su padre, un hombre que se dirigía a visitar a un amigo en un fuego cruzado. A esto, Hollywood nos ha dicho que se le denomina “daños colaterales”, es decir, bajas inmerecidas que son parte de un plan mayor.
Yo pienso en ese plan mayor. ¿Cuál es su finalidad? Pienso en una hipótesis de respuesta: las autoridades desean reducir (imposible erradicar) el grave índice de narcotráfico en el país. El plan sería loable si el ser humano no fuera tan simple como el plan. Se le gana a los malos y ya, todos los buenos vivimos con tranquilidad: viajamos, comemos, vestimos, nos educamos, trabajamos, nos divertimos bien y para siempre. Pero, lamentablemente, el ser humano no es así de simple. Y no hablo del ser humano mexicano (no aún), sino del ser humano en general. No es simple. No voy a meterme por ahora en la vieja discusión de si el ser humano es bueno o malo o tabula rasa por naturaleza. Lo que sé, es que la mayoría de las personas que son “buenas”, digamos, requiere de condiciones indispensables para serlo. Estas incluyen (y no son todas porque no tengo la capacidad para ver todas y enlistarlas) una educación no dogmática, un trabajo que genere ingresos suficientes para la vida, óptimas circunstancias de entorno, acceso a la información, al arte y a la cultura, etcétera. Y aún con todos esos requerimientos cubiertos, tampoco se puede garantizar nada.
El ser humano no es sencillo. No se le puede decir “ten estos diez mandamientos y guíate por ellos”. El ser humano es uno y su circunstancia. Esa intuición de Ortega y Gasset (“yo soy yo y mi circunstancia”) puede ser un buen punto de partida para tratar de desentrañar el problema.
¿Cuántos de los que ahora, veinte, treinta años después, son los delincuentes, tuvieron acceso a la educación, y con la educación al trabajo, veinte, treinta años antes? ¿Cuántos de los delincuentes han tenido siquiera el chance de acceder a un libro, a una pintura, a una obra de teatro, a una buena película? Yo no los voy a disculpar por sus acciones, sin embargo, pretendo despertar una consciencia sobre ellos y su circunstancia. Sé que habrá gente que se indigne ante mis comentarios, que dirá que yo soy un ingenuo o me dirá otras linduras más subidas de tono. Pero creo que hemos malinterpretado la circunstancia de ellos. No sólo malinterpretado, sino que además les hemos pedido que, a pesar de que carecieron de educación, alimentación, de una formación válida, de acceso a cualquier medio aparte de la televisión para informarse, sean “buenos”. Creo que le pedimos mucho a esos seres que no tuvieron más que resentimiento para comer, resentimiento para trabajar, resentimiento para vivir. Sé que existen muchos casos de éxito a pesar de las desventajas: mucha gente que no tuvo nada pero que hoy en día es un buen barrendero, un buen destapacaños, un buen labriego, un buen comerciante. Pero habría que darse cuenta: la mayoría de quienes fueron pobres ayer lo siguen siendo hoy, pero buenos, domesticados para servir a los intereses de los más educados.
El presidente de México parece desdeñar la educación al privilegiar las armas. Contra un arma, nuestra herramienta humana más eficaz para establecer un puente entre dos seres humanos, el diálogo, tiene poca utilidad. La educación en la violencia no es el mejor lugar para el desarrollo de una persona. Y el presidente está educando a una generación de niños a resolver los problemas mediante la violencia. No sólo eso, también educa a no permitir desviaciones en una conducta humana que él considera que no tiene alternativas.

jueves, diciembre 17, 2009

Píldoras anticonceptistas

Hacía tiempo que no sabía nada de Marco A. Almazán y no precisamente porque esté muerto desde 1991. Sólo había leído (¿reído?) un libro suyo, el magnífico Rediezcubrimiento de México, cuando tenía catorce o quince años, y me había bastado para entender algo importante sobre la literatura: que no siempre tenía que ser seria. No nada más eso, sino que la vida en general no tiene por qué ser tan seria en sus cosas. Hay escenas de esa obra que todavía despiertan en mí la tendencia a la risa. Recuerdo que, una vez terminada de leer, busqué saber más del escritor de esa novela, pero la contraportada era muy escueta en sus noticias y en ese entonces no existía internet: sólo me enteré de que entre sus libros se encontraba uno llamado Píldoras anticonceptistas y el nombre me pareció chistosón.
   Pues bien, para no hacer el cuento largo, hoy, vagando en una librería de viejo, manoseando las hojas amarillas de los volúmenes, que me encuentro con Marco A. Almazán y las dichosas píldoras (editadas en 1980). Es una colección de chascarrillos, anécdotas, juegos de palabras, sabiduría pícara (que no picaresca), humor "rescatado del anonimato, de las ráfagas de conversación", todo ello suministrado en veinte tomas, no por capítulos. Hemos pasado una tarde muy agradable y he reído (¿leído?) con gusto.
   Pongo estos pocos. La numeración, y la arbitraria selección y por ende descontextualización, es mía.


1. Anuncio en una librería de Monterrey:
"No está prohibido leer estos libros, pero se ruega hacerlo en casa".

2. En cambio, hay libros tan gordos que sus índices parecen pulgares.

3. La exportación de películas mexicanas al extranjero es nuestra manera de hacer la guerra.

4. Cuando la señora le presentó el abrigo de pieles que acababa de adquirir, el marido lo tomó con filosofía. Y letras.

5. Intelectual es un señor que piensa mucho y gana poco.

6. Algunos críticos, más que incisivos, son caninos.

7. Después de la muerte de Mozart, su viuda se trasladó a Copenhague, en donde al cabo de un tiempo volvió a contraer matrimonio. Muerto también su segundo marido, hizo grabar el siguiente epitafio sobre la lápida:
"Aquí yace el segundo marido de la viuda de Mozart".

8. Dios, según parece, siempre salva primero de morir ahogados a los que saben nadar.

9. Por otra parte, no hay nada como tener que pagar pensiones alimenticias para hacer prolífico a un escritor.

10. Filósofo es un señor que tiene una solución para cada cosa, hasta que la cosa le sucede a él.

11. Aquel señor era tan optimista, que antes de morir tomó un curso de arpa.

12. El problema de las familias modernas es que les sobra demasiado mes al final del sueldo.

13. Hay maestros que imparten su ignorancia.

14. Los hombres de letras invariablemente tienen varias vencidas.


Esa última es mi favorita y, junto con la 9 y la 12, es autobiográfica. Y creo que la 13 es la causa de que este país esté como esté.