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miércoles, diciembre 16, 2009

Ansiedad

Yo padecí esos episodios durante casi un año. Fue atroz. Escribí mi testamento, me volví más alcohólico, siempre estaba nervioso. Escribí en todos los apuntes a medias sin ton ni son pretendiendo no dejar nada inconcluso. Mi casa se volvió un infierno del descontrol. Y en las noches me iba a morir. Y mi hijo se iba a quedar solo. Y mi madre iba a sufrir. 
   Todos los días de ese año, en algún momento, sentía que venía el final. Se cernía sobre mí la oscuridad y el infinito. 
   (Mis amigos, si estaban, me decían que me tranquilizara, que respirara hondo, que todo estaba fluyendo, ten, tómate esto. ¡Pero ellos no eran los que iban a morir!)
   Me metí a revisar mis síntomas en internet. Quesque lo más probable era que fuera ansiedad. ¿Te imaginas, internet recetándome?
   Fui a ver un médico. Ya sabes, me palpó, escuchó mi corazón, me dijo que no tenía nada. Que hasta era sano. No, no puede ser, reviré, he fumado desde los quince años. Algo ya no está bien en mí, eso es seguro. Pero el doctor sólo me sonrió. 
   Me saqué una radiografía del pecho y, fantasmal, la enfermedad que me atormentaba no mostraba el menor vestigio. 
   Tenía una lesión de fumador. Aún no sé que es eso pero hasta dejé tres años de fumar. Pero eso todavía no me mataría. 
   Un día decidí reconciliarme con la muerte. Me leí entero el Tao Te King una y otra vez y supe que nada sabemos, que nada somos, que es más feliz el hombre que sigue el camino que el que no, y que el camino se hace al andar (eso es de Machado, otra buena filosofía que sigo). Y que estoy en el camino y que no puedo eludirlo. Y que yo ahora soy sólo una de las diez mil cosas, como mi hijo, como mi madre, como el hombre más feliz de la tierra y el más triste, que antes estuvieron las diez mil cosas reunidas y que lo seguirán estando a pesar de que me vaya.
   Que el fin ocurre y quizá uno sea el menos enterado de que ya ocurrió. 
   Me comencé a sentir bien. Dios no existe, pero todo está bien. Está cool. Bailemos.
   Y la gente de mi ciudad comenzó a verme feo, no te lo voy a negar. Sobre todo porque, anduviera donde anduviera, yo soltaba largas parrafadas sobre "las diez mil cosas", "el camino", "la ansiedad", "¿cómo es posible que ninguno de esos pinches políticos se de cuenta del camino?" y así. Todavía me apodan "extraño", lo cual satisface mi ego. 
   Como sea, a veces, a pesar de todos los problemas, ciertas discusiones con mi mujer, el escaso empleo para un escritor medianamente bueno, la falta de claridad sobre mis deseos en esta vida, a veces, repito, siento que sé algo importante. Que vencer la ansiedad, como vencer la gripa, me dejó algo importante: no sé definir bien qué. Quizá calma. Quizá bienestar con uno mismo. En una de esas, hasta seguridad. ¿Aplomo? Quién sabe. Lo de menos es ser el loco del barrio.




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